domingo

"¿Qué debo hacer para volver a creer?" era la pregunta que no dejaba de dar vueltas en mi cabeza, abrí los ojos, aún estaba oscuro. Me levanté y decidí tomar un vaso de agua fría, aunque seguro no más fría que la noche. Traté de despejarme, pensar en otras cosas, pero no lo logré. Esa maldita pregunta no dejaba de cruzarse en mi cabeza. Decidí, entonces, tomar el celular y mandar un mensaje a cualquier persona -no cualquiera- quizás eso lograría despejarme. "hola ¿dormis?" era el contenido del mensaje, apreté enviar y esperé. "No, no puedo" fué la rápida respuesta. Luego de un par de mensajes -no de los que yo necesitaba en el momento- el teléfono comenzó a sonar, era una llamada. Una llamada de ese hombre que no podía conciliar el sueño, y me ayudó a no pensar, o si, pero en él. Ya no quería cortar el teléfono, no quería dejar de hablarle, no podía, no quería arriesgarme a que la estúpida pregunta volviera a mi. Él había logrado apartarme de esa realidad, por eso, no quería que me deje de regreso. Pero eso pasó, me dejo de regresó en la maldita realidad, con la perturbadora pregunta que no me dejaba respirar, yo sabía que él me podía ayudar pero no supo cómo hacerlo, no entendió las señales. Y yo caí, caí en la trampa, esa que no tiene vuelta atrás. Fue más fuerte que yo, entonces me levante de la silla en la que me había sentado, caminé hacia el baño, miré mis ojos fijamente en el espejo. Abrí el mueble, revolví todo, y, por fin, la encontré. Reluciente, hermosa, demasiado atractiva como para negarme, la tomé con la mano derecha y comencé a cortar mi brazo izquierdo - los cortes eran más profundos de lo normal- fueron cinco, seis, siete, terminaron siendo treinta y seis, y mi brazo ya no era brazo, solo había sangre, en mi ropa, en mi rostro, en el piso, el baño era sangre. Pero decidí no parar, tomé con mi brazo izquierdo la ensangrentada navaja y decidí continuar con el derecho. Cuando no hubo más lugar donde cortar, continué por mi abdomen, ese que tanto asco me dió siempre, y lo corté con más ganas, con más odio. Ya no sentía dolor, mi cuerpo ya no estaba en su lugar, todo lo que veia era sangre. Comencé a sentir que no podía mantenerme en pie, pero no quería que el sufrimiento ya termine, queria recibir el castigo que merecía. Fui a la habitación y del bolsillo de un pantalón tomé un cigarrillo de marihuana, comencé a fumar como si alguién estuviera corriendome, estaba apuradísima, seguro sabía que la muerte estaba por llegar.